De Enfermedad y mente P1.

Hoy en día utilizamos con ligereza el término “enfermedad mental”, o “enfermo mental”. Lo utilizamos como alguien afectado por algún tipo de embrujo o maldición que lo convierte en un desgraciado impredecible y, sobre todo, en alguien que se aleja de la norma, de la sociedad, del grupo, por lo que, es alguien difícil o a quien no vamos a poder “entender”.

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Y si nos planteamos… ¿Qué es una enfermedad mental?

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Me hago esta pregunta porque resulta curioso como es tratado este tema, no solo en lo que se refiere a la estigmatización general-social existente, la estigmatización explicita y, peor, la implícita (por la cual nos decimos a nosotros mismos que no estigmatizamos aunque, si lo hacemos), si no también al enfoque que le dan los mismos profesionales que deben tratarla… ¿Cómo va a cambiar la sociedad la forma de ver y entender las enfermedades mentales, si aquellos que las estudian y conocen le dan un trato que, de una forma u otra, ayuda a que los profanos las estigmaticen?

¿Es esto una forma de tirar piedras sobre mi propio tejado? ¿criticar las ciencias de la conducta? Si, puede ser, pero la ciencia no avanza desde el conformismo, si no, de cuestionarse sistemáticamente; Algo que, como comentaré a continuación, no se si seguimos haciendo.

Para finalizar la introducción a las posibles perspectivas de lo “qué es” una enfermedad mental, comentar que la dualidad mente/cuerpo no existe, pues el cerebro es un órgano y es de donde nace la conducta, las cogniciones y emociones. Así que cuando hablamos de una enfermedad mental no nos estamos acercando a un dilema metafísico, espiritual o filosófico, si no algo que tiene su raíz en el cuerpo humano, como cualquier otra enfermedad. Por lo que si queremos hablar de enfermedades “mentales”, tenemos que saber que es la mente… ¿Lo sabemos?

 

Sí y no.

 

Está claro que los avances en psicología y neurología son enormes; En los últimos tiempos la tecnología, especialmente las pruebas de imagen, nos llegan a permitir visualizar una imagen del cerebro con gran resolución espacial y temporal, lo que nos ayuda a encontrar correlaciones entre diferentes estados orgánicos y asociarlos a cogniciones, emociones o conductas.  Esta claro que no lo sabemos todo que aunque el conocimiento cientifico acumulado en neurociencias es enorme, parece que tan solo estamos empezando a rascar la superficie del vastísimo mundo que es la mente.

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Si nos paramos a pensar nos daremos cuenta que todo, absolutamente todo, lo que existe ha sido creado por nuestra mente, las explicaciones físicas o matemáticas, las normas sociales o culturales, el mundo en el que vivimos es una composición basada en la interpretación que da nuestro cerebro del entorno y en base a dicha interpretación, hemos creado un mundo que se adecué a nuestras necesidades primarias (y secundarias), hemos nombrado los objetos de nuestro entorno, le hemos dado un valor a los símbolos, a los signos, y vivimos en ese mundo “mental” compartido al que llamamos cultura el cual nos aporta un punto en común en el que desenvolvernos siguiendo unos valores y creencias. Como dije, toda la ciencia, arte o elemento vital, es una construcción de nuestra mente, es algo que obviamos, porque es sumamente cotidiano y se da por hecho, pero no por eso deja de ser complejo, sin ir más lejos ¿conocemos la complejidad que entraña que el lector este siguiendo estas líneas y convirtiendo estos símbolos, letras, en la pantalla en imágenes o frases en su cabeza? No solo la capacidad de hacerlo… si no, a la velocidad que lo hacemos.

 

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Hay que decir que, pese a ser el “elemento principal” de la existencia humana, el cerebro, la mente, ha sido relegada a un terreno más espiritual o religioso, tratado de forma paralela a la del resto del organismo, hay que pensar que hasta que Wundt fundó el primer laboratorio de psicología experimental (y no fue “temprano”: 1879 en Leipzig) nos encontrábamos totalmente dominados por la evaluación subjetiva de la filosofía, ideas basadas y obtenidas a raíz de experiencias personales, “contaminadas” por la cultura del filosofo en cuestión y alejado de lo que es la psicología hoy en día una ciencia de la salud, o una ciencia natural.

Ojo, no hay que tomarse esto como una crítica a la filosofía, pues la psicología ha bebido de ella en muchos aspectos y ha sido la raíz de infinidad de experimentos.

Así que nos encontramos con una disciplina realmente joven, en la que se han realizado una cantidad de avances impresionantes y que, a pesar de eso, todavía nos queda mucho por descubrir. No es de extrañar por tanto que, a pesar de que la literatura científica acumulada en más de 100 años sea notoria, la psicología, no haya tenido el “calado” que debería en la sociedad.

(Continua en la Parte 2)

Egocentrismo y Empatía

Hace un tiempo hablé con un compañero filósofo que al saber de mis estudios en psicología me comentó que basó su tesis “contra”, precisamente, esta ciencia…

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…Sorprendido le pregunté “¿por qué?”

Su respuesta me resultó interesante por un lado, pero incomprensible por otro: el aspecto negativo que encontré es que su tesis tenía una perspectiva muy sesgada; iba enfocada en contra de la psicología del psicoanálisis de Freud, la cual no abarca ni de lejos toda la ciencia, si no una corriente concreta que además se encuentra muy alejada de las ideas actuales. En contrapartida me resultó atrayente su argumento: según él la psicología trata de “igualar mentes, y no se pueden igualar las mentes”.

Os voy a proponer un ejercicio. Cuando mantengáis una conversación, no importa sobre qué, no importa con quién, prestad atención a un curioso suceso: un interlocutor explica una experiencia/ idea/ reflexión, el otro, en lugar de profundizar en dicha idea, lo que hace es explicar su propia experiencia/ idea/ reflexión. Es cierto que esto no sucede el 100% de las veces, pero si empezáis a prestar atención os daréis cuenta como, vosotros mismos de forma inconsciente, lo hacéis en una gran cantidad de ocasiones.

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¿Qué tiene que ver esto con la empatía?

La empatía no consiste en que nosotros tratemos de colocarnos en la situación que la persona nos relata, ni a raíz de nuestras experiencias anteriores, ni de nuestras emociones, para saber qué sentiríamos en ese punto; consiste en ser capaces de evocar cómo esa otra persona se sintió en dicha situación.

Es por esto que muchas personas autoproclamadas empáticas, en realidad carecen de dicha empatía, ya que todo lo llevan a su terreno, bajo su experiencia, como si su forma de sentir o pensar fuera única o universal. Igualan la mente del otro a la suya, pero no la suya a la del otro.

¿Somos entonces egoístas e interesados?

No hay que confundir el término egoísta con el de egocéntrico, igual que no hay que confundir la conducta de ayuda con la conducta altruista.

Una persona egocéntrica puede ser alguien que ayude a los demás y que parezca hacerlo sin recibir nada a cambio, pero si profundizamos nos daremos cuenta que la conducta de ayuda no es desinteresada. Sí lo es la altruista que es propiciada por la empatía.

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Como inciso quiero aclarar que no todo es blanco o negro, una carencia absoluta de empatía es considerada patológica y todos tenemos unas neuronas llamadas especulares, encargadas de reproducir esas emociones y conductas que observamos en nosotros mismos; es decir, una persona puede sentir empatía en ocasiones, y actuar de forma egocéntrica en otras. El matiz importante es qué peso tiene cada una de estas motivaciones en la conducta.

¿Por qué se desarrolla la conducta de ayuda?

Hay diferentes variables sobre la conducta de ayuda, pero sobre lo que nos ocupa, una de las que más peso parece tener es el “malestar interno” que sentimos al ver a un semejante en una situación precaria. Dicho malestar se genera a raíz de imaginarse a uno mismo en esa situación. Esto puede generar una emoción de tristeza, angustia, culpa o similar, que tratamos de aplacar a través de la conducta de ayuda. En resumen, parece que ayudamos a otros, para ayudarnos a nosotros mismos.

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Para entender este concepto un poco mejor, hablaremos de forma superficial de cómo Freud pensaba que se desarrollaba la base de la conducta. Todos hemos oído hablar de la “obsesión” que tenía el Sr. Sigmund en lo que al sexo respecta, concepto que suele malinterpretarse: es cierto que Freud pensaba que la base de la conducta era el impulso sexual, pero no el acto sexual en sí, y esta diferenciación es importante.

El ser humano tiene 4 motivaciones primarias básicas: comer, beber, dormir y el sexo. Curiosamente de estas necesidades la única que puede permanecer insatisfecha sin que el organismo perezca es el “sexo”. Dicha insatisfacción interna (Freud las llamaba “pulsiones”) provoca que el organismo intente requilibirarse, eliminar el malestar generado, para ello, y como no puede obtener la satisfacción sexual que requiere, se mueve en otras direcciones, como puede ser el arte, la religión…

En la conducta de ayuda sucede algo similar, tenemos un sentimiento desagradable al observar el sufrimiento ajeno, así que para eliminar dicho sufrimiento (y en respuesta, el nuestro) ayudamos al sujeto a salir de dicha situación.

Es por esto que alguién egocéntrico podría comprender a los demás y ayudarlos, pero siempre a raíz de su forma de entender el mundo, de ver y sentir las cosas, buscando siempre aplacar ese malestar interno para reequilibrarse a sí mismo.

Y con esto llegamos a la pregunta con la que inicié el artículo:

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“¿Se pueden igualar mentes?”

¿Sentimos todos lo mismo? ¿Tenemos la misma perspectiva de las cosas? Creo que es bastante obvio que no. Nuestras mentes se “parecen”, tienen una “misma” base biológica, filogenia y, en muchos aspectos, ontogenia; nacemos con los mismos impulsos, motivaciones o emociones, pero nuestro desarrollo y crecimiento está repleto de diferencias individuales, diferentes detonantes o estresores a raíz de diferentes problemas o ventajas sociales. Sí, tenemos una misma base pues somos de la misma especie, pero cada humano está lleno de matices que lo convierten en único. Es por ello que el concebir nuestras ideas/ creencias como algo global o guiarnos ciegamente por nuestras emociones, nos llevará a una visión egocéntrica de la vida, colocándonos un muro que impedirá que lleguemos realmente a entender a otras personas (o seres vivos en general). Esto nos incapacitará para poder ver el mundo desde unos ojos que no sean los nuestros; incluso llegará a hacernos pensar, con pleno convencimiento y a pesar de lo dicho, que somos personas altamente empáticas, tolerantes y comprensivas.